Bueno, antes del
affaire McCurry pensaba contestar en el hilo original, pero ya que te has extendido aquí...

daniel escribió:Tus intrigas traen cola
No era mi intención. Lo de la intriga lo decía en sentido literal, como de "¿qué se supone que debería ver ahí? ¿una textura? ¿sombras? ¿un juego de luz?" Y el caso es que en realidad da igual porque aun sin responderlas resulta atrayente.
daniel escribió:A mí me pasó que leí El beso de Judas en el momento exacto para que algunas ideas de Fontcuberta encastraran con cositas que yo venía pensando. Así fue con lo de la "dictadura del maldito objeto". O es "la maldita dictadura del objeto", porque no lo recuerdo exactamente y no sé dónde está el libro. Y para el caso mucho no difiere.
La cita tal como yo la tengo (1997) es "
la fotografía ha vivido bajo la tiranía del tema: el objeto ha ejercido una hegemonía casi absoluta". A mí me parece entender que la referencia al tema y a la cita de Szarkowski («
la historia de la fotografía es la historia de lo fotografiable») matizan lo del objeto de manera que el dilema no se sitúa tanto en objeto (esto es, lo que quiera que sea que esté delante de la cámara) vs ausencia de objeto alguno (¿fotografía sin objeto?), sino más bien en primacía del tema (del "documento") vs subjetividad o «autoría», o lo que en otro momento denomina "tensión descriptiva/expresiva", bien ejemplificada en la referencia al
trabajo de Martí Llorens en Poble Nou en Barcelona'92. (Por interesante que me parezca ese trabajo, que me lo parece, también veo lícito preguntarnos si los recursos creativos no terminan por imponerse en perjuicio de lo documental).
Para mí que los libros de Fontcuberta tras
Estética fotográfica (1984) no hacen más que dar vueltas a lo mismo. Tanto
El beso de Judas (1997) como
La caja de Pandora (2010, trece años entre ambos) y su propio trabajo insisten una y otra vez en señalar (¿prevenir? ¿denunciar?) el problema de la verdad en fotografía, como si ese problema no se relacionara directamente con la liberación de lo que llama la tiranía del objeto. ¿A qué insistir entonces en acudir al ejemplo de retoques, montajes, falsificaciones... para demostrar que la fotografía puede engañar? Recordarás que Geoff Dyer cuenta en la introducción al libro de Berger que él -Dyer- no empezó a interesarse en la fotografía haciendo fotos ni mirándolas, sino leyendo a Barthes, Sontag y Berger (casi: mi tríada fue Sontag, Bourdieu y Barthes

). Pues a veces me da la impresión de que Fontcuberta sigue la trayectoria contraria y que su fotografía es sólo la excusa de partida para luego escribir sobre ella, que es su verdadera meta. Más interesante me parece en cambio
La furia de las imágenes (2016) en el que al menos toca cuestiones más actuales.
Si hay relación entre las ideas de Fontcuberta y el debate ontológico sobre la fotografía
en sí (o, más que debate, apuntes, como señalas) no me veo capaz de decirlo, aunque no me lo parece. Quizás el hecho de que ningún autor ahonde en el tema sea señal de que no deja de ser un desideratum. Lo que sí creo es que, de ser posible, ¿no debería partir de lo etimológico, de ese "escribir con la luz" sin referencia alguna a la mediación tecnológica de la cámara? Porque de lo contrario, si nos situamos en las coordenadas de la idea comúnmente aceptada de que fotografía es lo que se hace y lo que resulta de un dispositivo que capta lo que se le pone por delante -con todas las manipulaciones anteriores y posteriores que se quieran- es obvio que sin objeto no hay acción fotográfica ni foto. No me parece que Fontcuberta cuestione esto, sino la verdad de la imagen, o eso parece afirmar de forma tajante:
"Contra lo que nos han inculcado, contra lo que solemos pensar, la fotografía miente siempre, miente por instinto, miente porque su naturaleza no le permite hacer otra cosa." Pero... ¿cómo podría mentir si no hubiera un algo "real", un objeto con el que contrastarla?
En todo caso es justo lo contrario de lo que dice Berger (en el capítulo
Apariencias) de que la cámara no miente y que por ello solo se puede hacer que una fotografía cuente una mentira mediante una elaborada intervención (montajes, retoques) o construyendo la mentira delante de la cámara. Esto es,
mentir a priori (antes de la toma) o a posteriori con manipulaciones varias:
"La cámara no miente ni siquiera cuando es utilizada para citar una mentira. Y así, eso hace que la mentira parezca más veraz. La cita fotográfica es, dentro de sus límites, incontrovertible. Sin embargo esa cita, planteada como un hecho dentro de un argumento explícito o implícito puede engañar". Entre ambas posturas... me quedo con la segunda

.
Hay un punto dentro de este debate sobre la verdad fotográfica que no sé si se ha resaltado lo suficiente y es el hecho de que esas aparentes "denuncias" (?) vengan de los mismos medios que parecen ser "denunciados". Por poner algunos ejemplos, el
fake Sputnik. La odisea del Soyuz 2, del propio Fontcuberta (1997), el famoso falso documental
Operación Luna (William Karel y ARTE France, 2002) y la castiza imitación
Operación Palace (Jordi Évole, 2014). Aunque del ámbito artístico, también se podría incluir en esa corriente
El Vermeer nº36 (Manuel Espinoza, 2022). Todas tienen en común que, una vez hecho el engaño (y recogidos los beneficios correspondientes) los autores se deshagan en justificaciones del tipo "no, si lo hago para avisar":
-
"Según el propio Jordi Évole, el objetivo principal del programa era demostrar lo fácil que es construir una mentira o una supuesta conspiración."-
"(Sputnik) Se trata de una intervención paródica, una acción de intoxicación informativa que sirve para llamar la atención sobre los peligros de la credulidad." (
aquí)
Vale, concedamos el beneficio de la duda, pero es que la cuestión no es esa, sino si el efecto real de esas estrategias no será tanto estimular la
cautela del espectador sino, por el contrario, fomentar la
incredulidad acerca de
todo lo que se vea, con lo que en vez de mover a la crítica activa podrían bien llevar a la pasividad generalizada. Para mí es una consecuencia ineludible de que las supuestas "llamadas de atención" provengan precisamente de emisores habituales: si
eso que nos han mostrado no era verdad, ¿por qué habríamos de creerles en
lo demás?. Pero la respuesta a la credulidad (o necesidad de creer) no debería ser la incredulidad sino el deseo de saber, lo que significa que las herramientas del espíritu crítico no pueden venirnos dadas precisamente por aquellos que pueden ser o son el objeto de la crítica. Estoy convencido de que una lectura de
La guerra del Peloponeso de Tucídides proporciona más y mejor bagaje crítico que esa multitud de
fakes que se pretenden didácticos.